Creo tener setenta años. Han sido lo que debían ser. La vida es larga y tortuosa, sobre todo si tomas las decisiones equivocadas, dijo un amigo cuando todo lo que veíamos de la vida eran fluidos escurriendo de nosotros y los demás. Durante un tiempo pensé que en mis cuadernos no encontraría jamás una nota amable. Resultó que durante una etapa de mi vida había reconocido mi pequeñez en el mundo. El sentimiento era tan apabullante que no pude menos que ponerme religioso y buscar las noches en descampados alejados de la civilización. Después de esos periodos de hartazgo regresaba a la ciudad para comprender un poco más que había errado la vuelta de regreso a casa. Y no tenía hogar, pensé, porque nunca había trabajado realmente por lo que deseaba. "Nadie es de ningún lugar", me dijo una vez el mismo amigo, "por eso debes trabajar para ser de alguno".
Hoy es el cumpleaños de mi primer esposa. Ella tenía veinte años cuando quedamos embarazados. Fueron dos meses en que te aferras a ser un infante y piensas en el tiempo que perderás para construir el éxito. En realidad no sabes lo que eso significa. Después de vivir juntos en resignación abortó por complicaciones. Ninguno de los dos lo tomó con amargura, pero jamás logramos decir que las veces que lloramos por este motivo fueron fingidas muestras de terror. Éramos jóvenes y no sabíamos que jamás dejaríamos de ser inmaduros.
Cuando ella murió, sus hijos tuvieron que vender la cripta que desde hacía veinte años habían apartado para sus restos. Arrojaron las cenizas en un bosque donde los niños jugaban los domingos. Hoy visité el bosque. Encontré a sus hijos y me sonrieron. Les ofrecí un trago de whisky y lo aceptaron. Me dijeron que debía ir un día a casa para contar historias de su madre a los nietos. Asentí, pero los tres, sus hijos y yo, sabíamos que era una cara más de lo políticamente correcto.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario