Cuando tenía 17 años tuve una banda de la que conseguí un poco de diversión y muchas crudas. Podríamos pensar que lo mejor de todo eran las dos o tres mujeres que se acercaban por el ruido que provocábamos. Muy probablemente quienes más diversión tuvieron fueron ellas cuando nos las cogíamos la misma noche entre los cinco integrantes de la banda. Ahí la relación comenzó a minarse entre los músicos poco experimentados en maneras socialistas del amor, por lo que se fueron las mujeres y las ganas de seguir tocando.
Yo continué enchufando mi guitarra toda la vida. Repetía una y otra vez "Holliday in Cambodya" con el gusto de saber que con los años todo mundo olvidaría la canción y a esa banda liderada por un activista punk (tercer lugar en elecciones para ser gobernador de California). Sólo la memoria de elefante de Henry Rollins podía restaurar la canción en su casa veraniega de Los Ángeles, hasta que una muerte apacible lo visitara en cama. También repetí una y otra vez arpegios diatónicos, como si Phillip Glass se apoderara de mi pedalera y reverberara entre distorciones y ecos una música repetitiva, o serena y cambiante, como los gamelanes que asombraran a Debussy.
Ahora me conformo con programar algoritmos para hacer ruido junto con un controlador de espectros, una verdadera innovación del Theremin. Paso las noches empalmando capas y capas de ritmos extraños que por algunos minutos se vuelven un analgésico agradable de la vejez. Agradezco a las máquinas por cuya familiaridad conmigo no me siento desvalido como mi abuela, que sin vista y sin oído pasó los últimos veinte años de su vida entre penumbras y silencio.
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2 comentarios:
sip insisto, escribes bien:
"entre penumbras y silencio."
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¡¡Feliz Navidad!!
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