jueves, 1 de noviembre de 2007

Phantastica


Regué mi maceta de peyote después de muchos días. De los cerca de cuarenta que tenía, ahora sólo tengo este por motivos sentimentales. Hace cincuenta años los hippies de mi generación tuvieron grandes manifestaciones espirituales mientras acababan rápidamente con con una planta que crecía más lento que su urgencia por sentirse místicos. Los huicholes modificaron sus ritos cuando aprendieron a cultivar la planta mucho más rápido. En ese entonces mis amigos hippies fueron mucho más inteligentes que yo porque jamás logré deshacerme del tabú de la extinción, así que fui un consumidor tardío. Logré conseguir semillas de manos de amigos biólogos que, después de un tipo de entrenamiento para lograr cuidarlas, me regalaron algunas cabezas. Con los años logré cultivar más pero murieron muchas por mi torpeza y los viajes pasionales que emprendí con mujeres que al final decían jamás haber comprendido una palabra de lo que decía.

Por ese entonces mi vida se calmó un poco y logré leer de nuevo con regularidad esos libros que deseaba leer desde hacía mucho tiempo. Siempre me sorprendió la avidez de los autores por leer para merecer ser leídos en nuevas publicaciones que añadían poco o nada a las lecturas que los precedían. A mí me bastaba saber cultivar algunas plantas alucinógenas en la casa que a los 35 años había adquirido fuera de la ciudad. La tranquilidad había llegado a mi vida. Mi bar logró sobrevivir las crisis económicas porque no importa nunca la pobreza de la gente, siempre desean olvidar que cada vez tienen menos. Yo había dejado de beber y mis amigos habían emigrado a otros estados con todos sus diplomas y la carga de una pensión alimenticia que pagar. Para mi sorpresa, pocos habían muerto, y muchos más olvidaron que a los treinta y cinco años debían pegarse un tiro en la cabeza por quién sabe qué miedo a envejercer.

Mi invernadero era hermoso. Mi consumo de alucinógenos me consiguió algo de sexo por parte de mujeres y hombres que llegaban por recomendación de otros amigos. Los viajantes muchas veces tenían que regresar a sus casas sin la experiencia esperada porque las plantas no se daban todo el año. A lo más, algo de alcohol, mariguana e historias vecinales (mi vecindario había sido el resguardo de una primer corriente del éxodo de la capital). Perdí algo de dinero en préstamos, pero sólo cuando mi visitante era joven y cogía más con vértigo que con las conciencia de tener un agujero hermoso.

A mis creo que setenta años las palabras de Louis Lewin sobre las sustancias psicoactivas siguen retumbando en mi soledad achacosa: "Aquí se encuentran todos los contrastes humanos, barbarie y civilización...misántropos y filántropos... el devoto y el ateo".

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