Para el Chike-tin.
Pasé mucho tiempo fuera de casa porque visité a Heberto, mi amigo y abogado personal. Primero fue mi amigo y después mi asesor jurídico cuando me divorcié por primera vez. Heberto vive a tres horas de mi casa. Cuando llegué de improviso le vi un poco molesto porque su disciplina tendría que cambiar por mi invasión. Cuando lo vi refunfuñar a su manera -la frase exagerada sin el más mínimo rastro de emoción "esta sí que es una agradable sorpresa"- le dije que no se mortificara, que no me iba a quedar en su casa y que sólo lo visitaría unos minutos por la noche. Era importante para mí mostrarle algunos libros que había encontrado en la librería de viejo, volúmenes que no podría negarse a revisar.
Heberto lleva ya varios años escribiendo un enorme ensayo sobre el Bushido y la literatura samurai en México. Desde que estudiaba derecho comenzó a interesarse por las artes marciales. Llegó a un dojo con un montón de lecturas, como si leer sobre lo que iba a practicar le acercara al núcleo del desempeño físico. Explicó arduamente sus impresiones sobre el arte de manejar una katana a su nuevo sensei, pero éste le detuvo en seco con la mano en alto y le dijo, "te voy a dar un consejo para el resto de tu vida: cállate."
Desde entonces Heberto dedicó gran parte de sus días a comprender algo que -según me reveló muchos años después- no hacía falta haber intentado practicar. "Toda mi vida hice algo tan inútil como todo lo demás", dijo, blandiendo un hacha con sus antebrazos nervudos para alimentar la hoguera que había encendido en menos de dos minutos. "Pero ya he comenzado y ahora sólo puedo seguir, la renuncia es un lujo que no he querido otorgarme".
Le mostré los libros extraños, mal empastados. Uno desarrollaba historias que encerraban largos ensayos, ambientadas en la ciudad de México durante los últimos días de vida de Juan Gabriel. Los demás eran artículos sesudos sobre la época en que aún se valoraban los sentimientos del "artista". Heberto recibió los libros con gusto. Hablamos un poco sobre su enorme proyecto.
Le pregunté si aún fornicaba. Me dijo que sí. Cada viernes venía Tania, una señora que hacía la limpieza de la casa. Los primeros meses de conocerse compartieron sus historias personales. Ella había quedado viuda por las Guerras de la Sierra durante el nuevo periodo priísta en la presidencia. Sus hijos vivían en la ciudad con la esperanza de vengar a su padre. No sabían a ciencia cierta cómo lograrlo ni a quién matar, pero un día, decía la señora, resolverían el problema y las cosas cambiarían, por lo menos dentro de su corazón. Estas circunstancias llamaron fuertemente la atención de Heberto y comenzó a tener, en contra de su disciplina -al principio, después se volvió un hábito más en la vida de mi abogado samurai-, unas horas para Tania, quien siguió haciendo la limpieza de la casa con algunas pausas sin programar para ser asaltada sexualmente mientras trapeaba, lavaba los trastes o sacudía la alfombra en medio de gritos que alguien hubiera podido interpretar como la violación de una chiquilla de veinte años.
Pero fuera de las promesas de amor que se rezaban trenzados -nuevas posturas, lugares extraños, invitados imaginarios, "te voy a coger como si te sostuviera con mi brazo", "por favor, nunca dejes de encularme en la cocina"- no hablaban de su vida sexual.
Me quedé hasta el viernes en su casa. Conocí a Tania. La señora de 50 años era delgada y conservaba una sonrisa discreta, como su voz. Sus ojos eran grandes, como sus senos. Me despedí de ambos ese día. Heberto me agradeció los libros y las frugales pláticas; Tania, mi amabilidad cuando la ayudé a mover un sillón, y la sutil leperada cuando la vi arreglarse el sostén al terminar de guardar los trastes.

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